Por Miguel Grinberg*


EL VIEJO "NUEVO CINE" ARGENTINO

Si se desea analizarlo en profundidad, resulta imposible referirse al cine argentino sin situarlo dentro del ámbito cultural donde desarrolla (o intenta desarrollar) sus actividades. Y dado que, por otra parte, el llamado séptimo arte existe íntimamente ligado a un mecanismo industrial, también resulta imprescindible (para comprender sus contradicciones) tomar en consideración las contingencias económicas del medio ambiente. Todo lo cual obliga, en ultima instancia, a constatar que este cine llamado “argentino” emana de la cabeza de un país geográficamente situado en el Tercer Mundo, económicamente ubicado en el patio trasero del neocapitalismo y culturalmente permeable a cualquier estimulo foráneo tanto en lo frívolamente mundano como en lo filosóficamente trascendente.

Ante todo, este cine llamado “argentino” debe ser redefinido, pues de argentino tiene solamente la materia prima –tanto humana como mental- mientras el resto es híbrido y convencional. Es un cine realizado en Buenos Aires, motivado mayormente por estímulos urbanos y dependiente de manera casi absoluta de la cultura “porteña”. Esta cultura carece de nexos reales con el resto del país y del continente y produce una mentalidad con peculiares matices crecidos a la sombra de la clase media. Lo “porteño” funciona rígidamente apegado al modus vivendi europeo. Buenos Aires es un eslabón perdido entre Europa e Indoamérica, y uno de los pocos rasgos comunes que tiene con esta última es el idioma. Lo demás (resultado de vastas corrientes inmigratorias que llegaron para “hacer la América” y se toparon con la pampa barbara) -con idiosincracia "latina”, con aires de superioridad cultural ante el resto del país y de la América de piel oscura, con lastres psicológicos de una sociedad de consumo injertada en el cuerpo de una república subdesarrollada- ha producido un tipo humano europeizante, prepotente y, en definitiva, apátrida.

La cultura porteña reedita velozmente toda “onda” nacida al otro lado del Atlántico o del Trópico de Cáncer, y por ende los cultivados porteños accionan como plantas de invernadero en un medio hostil. Su pasión no es arraigarse, su pasión es imponerse. No se informan para sembrar, se informan para someter.

El medio hostil tiene dos planos. Por un lado “la masa”, una mayoría de contemporáneos semialfabetizados por los reguladores del Sistema Habitual de Vida a fin de que esa “masa” absorba pasivamente y sin dificultad “el credo” que metodizados medios de incomunicación masiva difunden para perpetuar dicho Sistema fundado meticulosamente en el desnivel económico. Y por el otro lado un desafío escalofriante: un Nuevo Mundo que espera ser verdaderamente construido. Buenos Aires es una isla situada a medio camino entre las sociedades “opulentas” y ninguna parte. Sus habitantes anhelan todos los privilegios de las primeras, pero eluden los compromisos de la creación real. Sus nativos (y sus hijos adoptivos), abrumados por el tremendo requerimiento de una tierra fértil con muchos años de infructuosa espera de una semilla que active sus gigantescas potencialidades (tanto materiales como espirituales), han edificado a lo largo del tiempo una anacrónica catedral donde el objeto adorado tiene cabeza, tronco y extremidades, pero no conciencia del compromiso que establece el hecho de vivir en un lugar cuyas múltiples prioridades yacen desatendidas.

Cultura y economía porteñas forman finalmente una única célula cancerosa que persistentemente contagia su fetidez al resto del organismo. Consolidan una ficción según la cual se da por sobreentendida la existencia de virtudes señeras avaladas por un designio incomparable. Pero de hecho hay muy poco que pueda llamarse genuinamente cultura. Decir cultura implica decir desarrollo, avance. Lo que vemos llamado así a nuestro alrededor es parálisis, estancamiento, impotencia. Cultura es casi sinónimo de cultivo genuino, con creatividad e independencia. Lo que observamos llamado así en Buenos aires es un engendro de la irrealidad, el conformismo y el servilismo. Irreales son numerosos militantes del “Nuevo Cine” que creen renovar cuando en verdad están desorientando. Conformistas son los mercaderes que lucran en nombre del cine. Serviles son los funcionarios que cumplen con la tarea de hacer cambios para que todo siga igual.

PARA ABURGUESARTE MEJOR

A lo largo de este proceso económico-cultural iniciado en la primera parte del siglo pasado (España no, Inglaterra si) quedo preparado el caldo de cultivo propicio para el establecimiento de la mediocracia urbana. El invento de los hermanos Lumière llegó velozmente al Río de la Plata y el cuadro industrial fue establecido en 1932 al establecer Lumiton estudios propios (con equipos impecables en sus laboratorios y la asistencia de técnicos extranjeros) y al tomar cuerpo la Argentina Sono Film. Dentro del flujo comercial ulterior, sacrificadas excepciones materializaron capítulos dignos que, por tratarse de una forma de expresión relativamente reciente, no fundamentan algo que pueda llamarse tradición dentro del “séptimo arte argentino”. Sus cúspides artísticas, con las previsibles limitaciones expresivas de la época, son hoy piezas de museo.

Dentro del marco de una amplia clase media, la irrupción de un llamado “Nuevo Cine” (con raíces implantadas en 1956) sugirió en 1961 la posibilidad de un entronque con la creación plena, con la fecundidad. El fenómeno, saludado con optimismo por sus propagandistas, coincidió con la inauguración de una etapa inédita en las tareas culturales porteñas. Cierto estrato de la clase media de Buenos Aires daba los toques finales a su proyección hacia arriba, la televisión purificaba sus mecanismos y múltiples agencias de publicidad proliferarían a partir del auge de la pantalla chica. Actores y actrices de la heroica década anterior de “teatro independiente” se habían casado, tenían que mantener hijos y los teleteatros pagaban, igual que las novedosas revistas de cinenovelas. Jóvenes industriales empujaban el alza del consumo urbano de futilidades y poco después vendrían las revistas semanales “de noticias”, el “rating”, las investigaciones de mercado, los “ejecutivos” y el festín de la trivialidad en los Buenos Aires de la década de los años sesenta.

EL VACIO NOS GOBIERNA

¿Qué quedaba a esa altura del Viejo Cine? Nostalgias, veteranos no del todo satisfechos y una lánguida colección de tonterías. Es en 1961 que el critico Tomas Eloy Martínez publica La obra de Ayala y Torre Nilsson en las estructuras del cine argentino y sitúa en la etapa previa a 1943 cuatro líneas de trabajo: el melodrama burgués (“el decorativismo de Luis Saslavsky y el simplismo emocional de Leopoldo Torres Ríos”) , el drama social y la denuncia política (“con Mario Soffici como figura fundamental”), el drama histórico (“entendido como mera exaltación épica por Lucas Demare o como recuperación de la mitología nacional por Alberto de Zavalía”), y la comedia burguesa (“la visión sofisticada de la realidad, la peripecia pura y el efectismo sentimental”).

Martínez bucea en los doce años posteriores y de una producción superior a cuatrocientos films logra rescatar apenas diez. “Ocho valen en tanto son prolongación de las corrientes de evocación histórica, protesta social y caracterización del medio burgués que se habían dado ya en el periodo anterior. Apenas en los dos restantes (El crimen de Oribe y Días de odio de Leopoldo Torres Nilsson) queda anticipada la renovación que iba a estallar en 1956”. Se refería a Su mejor alumno, Pampa bárbara y Los isleros de Demare; Tres hombres del río de Soffici; Pelota de trapo de Torres Ríos; Surcos de sangre y Las aguas bajan turbias de Hugo del Carril; y Juvenilia de Augusto Cesar Vatteone.

Algunos de los consumidores de cine que rondaban los veinte años en 1958 y que protagonizaron en la Universidad la frustrante batalla “laica o libre” ese año, ya habían visto El demonio nos gobierna de Bergman en cine-clubes y Los inútiles de Fellini en algún cine de barrio, entre otras cosas. En el ámbito local, Fernando Ayala y Torre Nilsson saciaban muy parcialmente el ansia indagatoria de los jóvenes espectadores. Ese año, el primero ofrecía El jefe y el segundo El secuestrador. Al año siguiente (inaugurado en el plano político americano por la entrada de los barbudos a La Habana, marcado en lo internacional por la invasión China del Tibet y la visita de Khrushchev a USA y en lo Nacional por las conspiraciones golpistas) Ayala emite El candidato y Nilsson La caída. Pero en 1960, uno con los simplismos psicológicos de Sábado a la noche cine, y el otro con el desarticulado efectismo de Fin de fiesta y el pintoresquismo superficial de Un guapo del 900, hacen que se acentúe la brecha del Viejo Cine con el tiempo real del país. Ninguno de los realizadores de cine actuantes había sabido rodar una obra con seres reales, todo se hacia a partir de estereotipos.

Aquel año 1958 había coronado en el festival de Cannes a la Nueva Ola francesa y jóvenes realizadores polacos habían arrasado viejas estructuras expresivas en su país. Buenos Aires también tuvo, obviamente, su ambiciosa ola renovadora. Un poco por urgente necesidad individual, otro poco por inevitable mimetismo, alrededor de 1960 nuevos nombres aparecieron en la lánguida escena nacional. Durante casi tres años de ditirambos por el Nuevo Cine Argentino proclamaron la existencia de una revolución que no fue tal. Resulta innegable que Alias Gardelito, Tres veces Ana y Los jóvenes viejos sus directores Lautaro Murua, David José Kohon y Rodolfo Kuhn, hicieron y dijeron sobre el celuloide cosas que nunca se habían hecho y dicho antes. Esa fue su única virtud: alzaron las compuertas, pero ninguna marejada paso por ellas. Hicieron el mismo melodrama naturalista burgués previo a 1943, aunque con nuevos rostros, distintas palabras, todo ello en un clima de mayores frustraciones individuales y masivas. Sus obras no llegaron a “la masa” (que seguía consumiendo indiscriminadas hibrideces en pantalla ancha) y distrajeron brevemente las inquietudes de “la minoría”. Tampoco saciaron el sueño de sus autores: triunfar magnamente en algún festival europeo. Ver hoy esos filmes no produce ninguna vibración, cosa todavía posible ante Los 400 golpes e Hiroshima mon amour, ante Sin aliento y Lola, ráfagas iniciales de la Nouvelle Vague, o frente a Cenizas y diamantes o Tren nocturno, topes del cine polaco de entonces.

Los “amadores” del cine moderno revisaban a Bergman y otros en el cine “Lorraine”. Y los politizados estudiantes de “Laica si” en 1958; de “Cuba Libre” en 1959; del caso Eichmann en 1960; de Lumumba, Playa Girón y “se viene” en 1961, del frondicismo, de los enfrentamientos militares de 1962/63, auguraron el advenimientos de una Nueva Izquierda, que se diluyó en el tiempo y el espacio igual que el Nuevo Cine. Si se mira hoy hacia atrás, los filmes del ciclo son meros abortos, postales de algo que “no pudo ser”. Películas hechas con ideas pero sin carne, con figuritas sin sangre. Ningunos de los nuevos directores escuchó al norteamericano Jonas Mekas cuando en el festival de Mar del Plata de 1962 clamaba al presentar su obra Fusiles de los árboles: “¡Se necesitan filmes color sangre, no importan cuan imperfectos!” en Buenos Aires se buscaba elaborar películas perfectas que encandilaran a jurados festivaleros del Viejo Mundo, filmes color gloria.

Una de los pocas obras de ese periodo que conserva resabios de intensidad –pese a su precaria realización– no es un argumental sino un documental: Tire dié, de Fernando Birri. Pobreza en los medios, pero vitalidad en las imágenes. Cabe recordar una frase de Herbert Read: “La grandeza yace precisamente en el poder de realizar e inclusive prever las necesidades imaginativas de la Humanidad”. Los artistas genuinos (“Arte es todo lo que moviliza y agita”), afirman nuestros plásticos de vanguardia) poseen algo que suele llamarse sentido intuitivo de la proporción. Ya se refieran a un tópico masivo (la injusticia) o a un tópico individual (la soledad), su meta es la misma: más vida, más intensidad de vida, más libertad, más calidad en la existencia. He allí el secreto a voces de la grandeza de muchos filmes de Charles Chaplin, por ejemplo, nada “intelectuales”, en el sentido que hoy se da a esta palabra.

El sentido intuitivo de la proporción en las realizaciones que van auténticamente al fondo de la cuestión que enfocan, responde a una necesidad básica y fundamental en la percepción humana: a mayor percepción, mayor conciencia. La meta del artista genuino es iluminar. Distraer es tarea de comerciantes.

El fabricante de entretenimientos comerciales, un negociante del cine, no puede preocuparse por iluminar pues ello significaría su autodestrucción. Su negocio está en la perduración de las condiciones que impiden la clarificación de la conciencia del espectador. Sólo fabrica un producto para vender, un producto que se llama película.

El drama de casi todos los realizadores jóvenes en Buenos Aires, hasta la fecha, reside en una contradicción demoledora: tratan de ser artistas y buenos negociantes a la vez. Por un lado quieren hacer cine en serio, por el otro recuperar los veinte o treinta millones que les cuesta rodar un largometraje de 35 mm en blanco y negro. Por una parte quieren reinventar el cine con un producto sólo asimilable por minorías, por otra aspiran a llegar a las mayorías con el mismo producto, tener éxito y reembolsar lo invertido. Desdichadamente para ellos, arrancan de un punto de partida equivocado y se condenan al fracaso industrial, padre del fracaso artístico en tales términos. Quieren revolucionar y comerciar al mismo tiempo. Quieren hacer grandes obras de arte que a su vez atraigan a las masas alienadas como si sus filmes tuvieran el atractivo de las películas de entretenimiento que dejan mucho dinero en las boleterías. Tratan de existir y triunfar en un sistema que funciona para ahogar la creatividad. Procuran hacer “crítica social” dentro del aparato comercial que aplasta a quienes reniegan de la rutina. Así, a la defensiva, el romance de esos realizadores con la máquina de fabricar entretenimiento acaba en tragedia, no para la máquina precisamente. El éxito no llega, la existencia de ese cineasta “revolucionario” “artístico” y “creador” se anula.

EL RUIDO DE FIRMES CADENAS

Es absolutamente imposible que una sociedad burguesa frustrada y alienada en los rituales fetichistas de la carrera por el status social desee verse a sí misma en toda su ruindad. Del mismo modo es impensable que las masas agobiadas en su lucha cotidiana por la supervivencia, masas “inculturizadas” por los reguladores del sistema, sientan interés por esos filmes rodados por hijos de la clase media cuyo complejo de culpa los conduce al arte. Nacen entonces películas pretenciosas minoritarias y patéticamente deficitarias; mientras películas comerciales en base al galán o al cantante de moda entretienen al “vulgo” a la par de carradas de chatarra televisada, todo esto en beneficio de los comerciantes.

Una mirada al panorama argentino del espectáculo permite observar en funcionamiento a todos los “tics” del mecanismo entretenedor que tiene en los productores norteamericanos y europeos a impecables artesanos en el oficio de industrializar la superficialidad.

En este rubro podemos citar al crítico Gene Youngblood: “El entretenimiento destruye al arte, la industria del entretenimiento explota la alineación y el aburrimiento de las masas perpetuando un sistema de respuesta condicionada a las fórmulas. Debido a esto hemos perdido nuestra capacidad inherente para crear y somos una sociedad de imitadores. Mi concepto sobre el rol de la crítica en el mundo actual exige a ésta que defina la diferencia entre arte y entretenimiento. Que determine constantemente las condiciones del arte y del entretenimiento, y que discierna los efectos de cada cual: he allí la más importante función que puede asumir un crítico… Cualquier comportamiento carece de significado si nos comportamos sin saber por qué: somos entonces robots, zombies que se mueven por una existencia de respuestas condicionadas. La vida tiene significado en el momento que captamos el sentido de nuestro comportamiento: cuanto mas conciencia tenemos mayor es el significado de nuestra vida… El producto final del arte es mostrarnos en relación a la realidad. El arte habla de relaciones en la realidad, las explica en términos estéticos… el entretenimiento comercial busca solo gratificar necesidades precondicionadas, no trata de ofrecernos cosas que todavía no hemos concebido; no puede expandir nuestra conciencia… dado que es una desnuda y sensitiva antena de radar, el artista, al expresarse expresa en verdad la vida… el arte es liberación de las condiciones de la memoria; el entretenimiento es una cadena que nos retiene”.

LOS EGOCENTRICOS TODOS

Llegamos a 1969 y de pronto, tras un período de letargo, aparece otra nueva ola de realizaciones que según algunos “críticos” traen vientos de purificación.

Diarios y revistas se llenan de extensas entrevistas a los presuntos benefactores del cine nacional. Uno u otro “especialista” canoniza en su columna a algún cinematografista cuyo primer filme es potencialmente el umbral de la genialidad. Y los susodichos cinematografistas se asumen finalmente como salvadores del séptimo arte argentino y sus declaraciones a la prensa añaden vanagloria al delirio de elogios y ditirambos egocéntricos. Llegan finalmente las obras a la pantalla y se asiste a una triste, desoladora caravana de burbujas que fenecen rápidamente. Eso no es un Nuevo Cine, es un entretenimiento más perpetrado en nombre del arte. Es el viejo e impotente disconformismo de los años cincuenta con una careta de insurrección reivindicadora. Es la nada disfrazada de todo, es el conformismo con careta de rebelión, es el bufón del Rey con un bofe en el lugar del cerebro.

Se calla toda objeción a este falso neocine, pues eso implicaría dar armas a sus enemigos, a los fabricantes de híbridos. Pero este neocine ya está derrotado de antemano: se exhibe en salas semivacías y no figura entre las películas que los mercaderes del subdesarrollo mental exportan a Latinoamérica para “reconquistar” el mercado.

Seria muy útil confrontar lo que han dicho los críticos porteños de todas estas películas, tanto las artísticas del Nuevo Cine como las vulgares de entretenimiento. Se descubriría entonces una Gran Trenza a la cual contribuyen muchos, ya defiendan al neocine, ya elogien la vulgaridad. En diarios y revistas están los documentos donde con lo viejo y lo nuevo se apuntala una fábula signada por la arbitrariedad y la venalidad.

Películas como Kuma Ching, Qué noche de casamiento, El salame o Los debutantes en el amor y similares no resisten el menor análisis.

Y en el ámbito de los “filmes con fundamento” la balanza se inclina mas hacia el debe que al haber.
La valoración siguiente no los analiza en relación con la genialidad, sino que los considera en sí mismos, como expresiones no convencionales en un terreno dominado por el escapismo.

BREVE CIELO, de David José Kohon. Teleteatro filmado con vetusta sintaxis. Mininovela naturalista estirada hacia el largometraje, un par de psicologías expuestas rudimentariamente, y la inexpresada intimidad de dos interpretes sinceros a quienes un vacilante director no consigue vitalizar convincentemente. Un lauro (mejor actriz) obtenido en el Festival de Moscú responde más al sentimentalismo moralista del jurado (“joven pobre que vende su honor para mantener a su familia”) que a valores estéticos.

PLAYERS VERSUS ANGELES CAIDOS, de Alberto Fischerman. Tedioso happening –que deslumbró a los frívolos– asumido como fracaso por uno de sus protagonistas al final de la proyección y que el director justifica como “obra tremendamente honesta”. No pasa de ser el borrador de un film no materializado. Según su autor el destinatario es “un determinado grupo de avanzada”. En términos artísticos no tiene nada que aportar en cuanto a esclarecimiento, en termino de entretenimiento carece de interés salvo para los amigos de los interpretadores. Reflejo de godardianos experimentos.

INVASIÓN, de Hugo Santiago. Incursión a playas supuestamente metafísicas, con graves errores de montaje (en la secuencia donde el director se muestra conduciendo un auto, por ejemplo, a la par del conducido por el protagonista, sigue un corte y panorámica final donde hay un sólo vehículo). Gran detenimiento en las formas, sin nada para comunicar o compartir. Un entretenimiento para una élite urbana culta, o según definitorias palabras del realizador, “un film eminentemente porteño”.

TIRO DE GRACIA, de Ricardo Becher. A partir de los recuerdos del escritor Sergio Mulet, toma a la fauna bohemia del Moderno Bar como protagonista de la obra y falla en la reconstrucción rítmica e imaginativa de las situaciones propuestas, hasta desembocar en otro happening egocéntrico que los franceses han recorrido ya hasta el tedio. No explotó ricas vetas de humor y la escasa espontaneidad de sus no-actores, anuló la elaboración de climas convincentes.

DON SEGUNDO SOMBRA, de Manuel Antín. La pampa en lindos colores y lectura del original “en off”. Fidelidad a la literatura, infidelidad al cine. Éxito de boletería. Sin poesía ni vitalidad. Decorosamente nostálgica.

MOSAICO, de Néstor Paternostro. Pulcro lenguaje cinematográfico para un tema autobiográfico. Un artesano inteligente, materia prima viciada por la superficialidad en el trato de los personajes, mayormente estereotipos. Rescatable como forma visual.

REVOLUCION SIN REVOLUCION

Casi todos los títulos citados han sido fotografiados de manera impecable (lo cual a esta altura del cine es un deber) y han sido montados buscando una ruptura con el molde habitual. Salvo Don Segundo Sombra (un libro famoso ilustrado con imágenes) y Breve cielo (opaca reedición de La ola de 1961), los demás pueden anotar en su haber un desenfado en la voluntad de intentar algo diferente. Pero han permanecido empantanados en los canales del Sistema, en los temas del Sistema (ah, no es posible el amor –ah, que incomunicados estamos -ah, quisiera vivir en un mundo mejor muy lejos de aquí), en las trampas de la miniburguesía, en las tentaciones de ser llamado genio por algún critico, en el anhelo de recuperar lo invertido vendiendo copias al extranjero dado que localmente no hay ecos favorables, ni recuperación industrial. Otra contradicción de algunos de los renovadores consiste en que al mismo tiempo que intentan una reflexión crítica en su largometraje, viven de hacer filmes publicitarios cuya filosofía es hacer perdurar el sistema social criticado. El caso del afianzado Cinema Novo brasileño, por ejemplo, demuestra que es posible intentar otros rumbos creativos. En vez de halagar sus egos en 35mm dentro de los marcos convencionales, hacían circular sus obras en 16mm en cineclubes estudiantiles o en fábricas. Y cuando se impusieron a nivel nacional e internacional, los respaldaba la cooperativa que ellos mismos habían consolidado y el talento a partir de la cual habían rodado obras trascendentes. Aquí abunda la pose revolucionaria, pero sin producción revolucionaria. Por su parte, los mercaderes del entretenimiento anuncian más producciones de neto carácter evasivo. Neocine y vulgaridad coexisten en este plano apuntados a un mismo objetivo: el dinero. Los primeros para poder volver a rodar otra obra invendible, los segundos porque esa es su razón de existir.

Se oye decir que “el arte ha muerto”. Viene entonces el antiarte y en sus filas se atrincheran numerosos farsantes que fabrican modelos de cultura rápidamente asimilados por el Aparato Cultural manejado por los intereses que fomentan la alineación, la superficialidad y el conformismo para frenar la evolución de una conciencia generalizada que produzca cambios estructurales. Buenos motivos para renegar de lo hecho en el pasado son asumidos por incompetentes que con sus funestos resultados embrollan completamente la posibilidad de establecer una clarificación de metas, móviles y creaciones auténticamente revolucionarias.

“La censura nos amordaza”, dicen otros. Para ellos ese es un pretexto, un modo de encubrir la falta de energía vital. Uno puede rodar el filme que desee, siempre que lo haga al margen del sistema, pues para poder comerciarlo dentro de éste hay que elaborarlo en los términos del mismo. Hasta que no se asuma esta evidencia, todo será quejarse en vano. Sin necesidad de que actúe la censura, aquellos que buscan un lugarcito bajo el sol mini burgués autocensuran sus realizaciones y filman obras no muy diferentes en su distraccionismo de aquellas hibrideces repudiadas por los autotitulados de avanzada”.

Es cierto que existe una censura. Un mecanismo represor que meticulosamente corta de cuajo todo material agitador de conciencias. Esta censura tiene muchos modos de funcionar que trascienden las ceremonias del Ente Calificador y su Danza de las Tijeras. Funciona rígidamente en los medios de comunicación mientras el Nuevo Cine (inofensivo) es vastamente analizado en diarios y televisión, ¿Quién ha leído tan amplios reportajes a Solanas y Getino, autores de La Hora de los hornos, notable documental vitalizador de conciencia? ¿Dónde han podido expresar libremente su credo? Nada, tras ellos –su filme es eminentemente político y la política es tabú– se agazapa indudablemente el hombre malo del peronismo y el comunismo. Nada, silencio. Y prohibición del film.

CRECER O REPTAR

Varias realizaciones indoamericanas y afroamericanas han impactado en el reciente Festival de Venecia. Hace ya un par de años que eso ocurre. Brasileños, cubanos y bolivianos han asombrado a la crítica europea con su energía testimonial. ¿Qué diarios y qué revistas han dado cabida a grandes notas sobre ese explosivo Cine Nuevo llamado indistintamente “resistencial, de guerrilla, de agresión, tercer cine o cine-acción”? Ningún diario, ninguna revista. Ese cine, no cabe duda, lo sabe cualquiera, lo financian Fidel Castro, Mao Tse Tung, Juan Domingo Perón, Patricio Lumumba, Pierre Mulele, Che Guevara, Tupac Amaru, Sitting Bull y Alí Babá. Ese cine es malsano, pervertidor de las bellas estructuras del mundo infradesarrollado, es parte de un siniestro plan creado para destruir la civilización. He aquí finalmente el nudo de la cuestión. Todo lo que no perturbe el estado reinante de cosas es bienvenido, es democrático, es nuevo, es de avanzada. Todo lo que cuestione el estado reinante de cosas es subversivo, es vicioso, es el camarada Mao con los dientes afilados sobre la garganta de Occidente, es Fidel comiéndose nuestros terneros de exportación, es el fantasma del Tío Ho agazapado para acuchillar a Cristo, es Guevara corrompiendo a nuestros niños con malos ejemplos.

El único complot real del presente es el que tiene aplastado a dos tercios de la Humanidad en la penumbra. El único plan subversivo internacional existente, por otra parte, es la rebelión unánime contra los mecanismos que hacen cada vez más descarnada la lucha por la supervivencia. El subdesarrollo no lo implantó el comunismo. El subdesarrollo y todas su lacras existe merced a una concepción imperialista de la sociedad muy anterior a Marx y Lenin. Entonces, TODO ESPECTADOR ES UN COBARDE O UN TRAIDOR. “En una realidad convulsa como la nuestra, como la que vive el tercer Mundo, el artista debe autoviolentarse, ser llevado concientemente a una tensión creadora en su profesión. Sin preconceptos, ni prejuicios a que se produzca una obra artística o menor o inferior, el cineasta debe abordar la realidad con premura, con ansiedad. Sin plantearse “rebajar” el arte ni hacer “pedagogía”, el artista tiene que comunicarse y contribuir al desarrollo cultural de su pueblo, y sin dejar de asimilar las técnicas modernas de expresión de los países altamente desarrollados, no debe dejarse llevar tampoco por las estructuras mentales de los creadores de la sociedades de consumo. “ (Santiago Álvarez).

Esto no debe interpretarse como un ataque al cine plenamente de vanguardia, comprendido por media docena de personas, porque su autor esta realmente exigiendo a la percepción un nivel que ésta todavía no ha alcanzado. Lo que nos repugna es el entretenimiento que se disfraza de ”vanguardia” y se pone al servicio del estancamiento o el retroceso. Todo lo que no crece, involuciona. Arte es todo lo que moviliza y agita, es la fuerza motriz que impulsa al ser humano a afirmar su humanidad, a cambiar modos de vida que lo humillan, a negar radicalmente las mentiras que lo acosan, a afirmar de modo total su voluntad de liberación. Hoy son ilimitados los canales mediante los cuales un cineasta potente puede consumar sus creaciones, compartirlas en mayor o menor escala, pública o clandestinamente. Ser espectador (consumidor) pasivo dentro de este proceso de ampliación de la conciencia de libertad creadora es servir a los intereses de la tiniebla represora. Esta revolución es genéticamente irreversible y trasciende el marco de las ideologías. Esta revolución artística va mucho mas lejos que la expresión o la comunicación. Es una revolución que en su nivel más poderoso supera los móviles del A FAVOR o del EN CONTRA, para manifestarse poderosamente en el territorio del CON. Es una revolución de participaciones simultaneas: cineasta y cineadicto, en pos de un futuro de emancipación plena.

Esta revolución no impone hacer al por mayor filmes sobre la lucha guerrillera, sobre el peronismo o sobre el rol sagrado de nuestra generación para consumar una obra de relieve histórico. ¿Quién hasta aquí ha hecho una conmovedora y sencilla película sobre el amor, sobre un poema visionario, sobre la pena o la alegría de un ser cualquiera? Ninguno de los filmes ”de ficción” mencionados en esta nota ha ido al fondo de una criatura humana, de una relación humana. Han sido aproximaciones periféricas, cobardes. Han sido juegos estéticos en nombre del cine, con millonadas de pesos despilfarrados, con mínima intensidad, con ninguna perspectiva salvo el fracaso. Es duro decirlo así, pues muchos de los que pusieron el hombro en algunas de esas producciones creyeron estar dando lo mejor de sí mismos sinceramente. Pero por allí no está todavía la revolución. Una revolución que no precisa ametralladoras disparando para ser tal. Una revolución que puede darse con la ternura o con el humor. ¿Acaso ha sido el olor a pólvora lo que hizo de Vivir y Pater Panchali filmes excepcionales o el talento de Kurosawa y Ray para dar grandes en el celuloide a naturales sentimientos cotidianos?

El Cine Nuevo esta por hacerse en la Argentina. Late fugazmente en alguna secuencia de Mosaico, en algunos gestos de los protagonistas de Breve cielo, en alguna sonrisa de Tiro de gracia, en la música de Players, en los colores de Don Segundo Sombra, en tramos enteros de La hora de los hornos y en las ganas de cierta gente suelta por allí filmando cosas en 16mm y en 8mm.

Toda vez que hablamos de cine, hablamos implícitamente de libertad. El signo bajo el cual se mueven hoy multitudes de nuestros contemporáneos es el de la emancipación. Otros sobreviven condicionados dentro de mecanismos asfixiantes. El camino de salida es largo, pero el aliento es profundo. Aquí ya no se trata de demostrar genialidad y ser aclamado por un coro de marionetas. Aquí se trata de contraer un neto compromiso, de asumirse CON los demás, de ampliar creativamente el radio de percepción liberadora y de estimular las participaciones reales del hombre pese a los engranajes parasitarios de una sociedad enferma. El artista, antena de su sociedad, existe para denunciar o para anunciar. El cineasta, artista de la imagen, es el ojo avizor que proyecta en las retinas de sus semejantes los destellos de una portentosa humanidad lanzada hacia la plenitud

*Publicado en Cine & medios, Nº 2, primavera de 1969.
Incluido en LA GENERACION \"V\" -
La insurrección contracultural de los años \'60 (Emecé, 2004).