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La historia es conocida y hay una manera de contarla en pocas frases. Sierra Grande, en la provincia de Río Negro, fue un pueblo minero. El yacimiento de hierro era el más grande de Sudamérica, tenía reservas para dos siglos más. Pero el decreto 160/42 cerró la mina a principios de 1992 y cambió su suerte. De los 20.000 habitantes de la época de oro, queda la quinta parte. Hay otra manera de contar esa historia, y es por la boca de los que se quedaron. Es la que eligió el Grupo de Boedo Films para Fantasmas de la Patagonia. La cámara, minuciosa, morosamente, recorre la mina y el pueblo. Acompañados por el viento cruel de la Patagonia, cada uno desgrana su experiencia como si no lo estuvieran filmando. Lucio, ex minero y guitarrista, lleva a los videastas a un paseo por la desolación. En el bar "La esperanza", por ejemplo, donde con un amigo se esfuerza en recordar lo que el tiempo va borroneando: ¿Cómo se llamaba esa chica? ¿Cómo se llamaba ese pibe? De Pablo se acuerda bien, era su mejor amigo. Ahora en vez de sacar hierro trabaja en una hamburguesería de Alta Gracia, en Córdoba. La cámara lo sigue al barrio de casitas cuadradas que ya nadie habita. En la de Pablo, y en todas, faltan la mampostería, una ventana. En el suelo queda un manual de historia de segundo año, el poster del rockero favorito, hojas pentagramadas. Hilachas. Lucio se está despidiendo, él también se suma al éxodo. El Gallego, en cambio, está firme en su patria de adopción. Es el director del museo y le gusta mostrarles a los chicos los huesos con los que hilaban las indias. No quiere cobrar entrada: un peso es medio kilo de pan, explica. Y echa leña con paciencia a la cocina económica. Vive en un barrio donde ya cortaron el gas. Cuando el dueño de la radio Cosmos le explique que no hay más dinero y va a cerrarla, el Gallego -que elige cada sábado un disco de música clásica para acompañar sus reflexiones político-sociales-filosóficas- dice con bronca: "No supieron matarnos a tiros y nos están deshaciendo". El relojero tampoco quiso irse. Y transmutó en artesano. Guanacos, ñandúes, zorros, salen de la fluorita, una piedra del lugar. Se la consiguen los pocos que no fueron despedidos y se ocupan del mantenimiento de la mina. La cámara recorre, a más de 400 metros de profundidad, las galerías paralizadas. El ingeniero en minas no está arrepentido de su profesión. Espera un milagro. Como dice la canción del conjunto local: "¿Cómo te tienes que ir si el hierro no se termina?". Pero en medio del silencio y el vacío, cada tanto, la mina se llena de risas. Turismo Minero es una alternativa de sobrevivencia. Y los turistas disfrazados con cascos y botas bajan, husmean, tocan la piedra, chapotean en el barro mezcla de tierra y mineral de hierro. Fantasmas de la Patagonia es un documental austero, seco, sin triquiñuelas. Donde hay silencio hay silencio y donde el testimonio se vuelve casi inaudible de tanta tristeza, el espectador tendrá que entender que a veces no es sencillo comprender las palabras. Y la realidad, tampoco. |
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